Crítica de Cinco minutos de gloria
Por manulynk
Ni víctimas ni verdugos
Nota: 7 sobre 10 
No ha sido fácil para la industria del cine retratar el complejo conflicto irlandés. Teniendo en cuanta la importancia de la colonia irlandesa en Norteamérica, las aproximaciones hechas desde esa parte del continente tienden a glorificar a los luchadores irlandeses presentándolos como un pueblo oprimido por un régimen tiránico. En cualquier caso, la gran parte de aportaciones norteamericanas se han alejado considerablemente de la historia, rehuyendo tocar el conflicto de forma directa. Respecto a las aportaciones propiamente británicas tampoco se puede decir que hayan intentado dar una visión global del larguísimo conflicto y las producciones han oscilado entre las que tocan exclusivamente el lado británico o las que tocan el lado irlandés. De todas formas, en los últimos años hemos asistido a un par de interesantes aportaciones que sin buscar una visión de conjunto, han tocado algunos hechos puntuales con un tratamiento realista (caso de “Domingo sangriento” y “Omagh”) pero sin tomar partido en el asunto. Y es que, pese a que parece que el conflicto está llegando a su fin definitivo, todavía los cineastas se muestran muy precavidos a la hora de tocar ciertos temas.
En una línea parecida se nos presenta el último film del director germano Oliver Hirschbiegel, aunque su propuesta resulta muy interesante. El guión, inspirado en hechos reales, resumiendo mucho nos viene a explicar el intento de un programa de televisión por reunir en una habitación a una víctima de un atentado y su verdugo para enfrentarse cara a cara. Más concretamente se trata del hermano de la víctima, el cual fue testigo directo de los hechos.
Pero en esta ocasión, y en contra de lo que pueda pensarse, el verdugo es un unionista, Allistair Little (Liam Neesom) y las víctimas católicos irlandeses, representado por Joe Griffin (James Nesbitt). Seguramente las sensisibilidades en dicho país todavía están demasiado a flor de piel como para presentar a los personajes tal y como nos los imaginamos desde fuera (es decir, los terroristas del IRA y las víctimas unionistas), pero presentándolos de esta forma, el realizador se permite distanciarse de los asuntos político-históricos y centrarse en lo que realmente importa: dos vidas destrozadas por un disparo (sin contar a la verdadera víctima en sí, que ya ni siente ni padece).
No cabe duda que el efecto colateral más evidente del acto del joven Allistair Little lo sufre el hermano del muerto, Joe, marcado desde niño por ver como disparan a su hermano, a lo que hay que añadir el hecho que su madre siempre le culpará de la muerte de su hermano por no haber hecho nada (y que podía hacer en realidad?). Por ello, Joe Griffin, estupendamente interpretado por James Nesbitt, es un hombre consumido doblemente por la muerte de su hermano. Su sufrimiento es evidente desde los primeros planos que nos muestra el realizador, donde queda evidenciado que Joe es un hombre que vive agobiado por los hechos del pasado.
Por su parte, Allistair Little también es alguien que vive agobiado por los hechos del pasado. Pese a que cumplió condena y posteriormente al salir se dedicó a realizar acciones pacificistas encaminadas a buscar la redención por parte de la sociedad, le queda pendiente la verdadera redención, la del hermano de su víctima. Allistair es mucho menos expresivo que Joe, pero no por ello vive menos consumido por la culpa y los remordimientos.
El gran mérito de Hirschbiegel en este film es conseguir despojarse de cualquier aspecto político que le permitiera identificarse con cualquiera de las partes en conflicto. Los argumentos políticos estan reducidos a la mínima expresión, y lo que intenta es reducirlo todo a las dos únicas partes afectadas. Es cierto que los familiares supervivientes sufren mucho más la pérdida de un ser querido por métodos violentos, y más cuando son víctimas inocentes, es decir, que no toman parte activa en los hechos. Las secuelas para los supervivientes pueden ser permanentes y en muchos casos la semilla de una espiral de violencia que sólo nos lleva al odio y al deseo de matarnos unos a otros. Por su parte, aunque cueste reconocerlo, los asesinos también son personas, que en la mayoría de los casos deben vivir a cuestas con el peso de sus propios actos, hayan sido tomados por las razones que fueran. Al final del camino, Hirschbiegel nos muestra únicamente a dos personas (no a un irlandés y a un unionista) consumidas por un asesinato aunque por motivos diferentes.
Y todo ello explicado con una voluntad de realismo, con una estética que en muchos casos recuerda a los “reality” televisivos, y con dos buenas intepretaciones, aunque personalmente destacaría la de un fantástico Nesbitt por encima de la de un estático Neesom. Seguramente no es el film definitivo sobre el terrorismo, y la simpleza de sus planteamientos perjudican y benefician al film a partes iguales, pero por lo menos, Hirschbiegel, con su mirada de “extranjero en una tierra extraña”, nos hace ver que en toda decisión de matar a un ser humano hay muchas implicaciones que el que aprieta el gatillo no tiene en cuenta hasta que ya no es demasiado tarde como para poder arreglarlo.
Por manulynk